domingo, 26 de junio de 2016

Pandemonios (por Samantha Navarro)


"Sufro el dominio de los domingos
son como adelantos de Navidad
temo al fascinio de la verdad
hubo un comienzo y habrá un final

Purgando cada nuevo minuto
libro en este infierno mi claridad
sufro el dominio de la verdad
todos los goces que ya no están

Hay algo tuyo en todos mis labios
algo que despierta en el paladar
masco el demonio de la verdad
nada de aquello me gusta ya"

F Cabrera.

miércoles, 22 de junio de 2016

El baile del año terminó

                                                              Foto: Pata Torres (archivo, agosto de 2015)

Fernando Cabrera, un nuevo disco de versiones y su visión de la música nacional.

“Se pasa el año, se pasa volando; / ya no hay más nadie que pueda alcanzarlo”, cantaba Fernando Cabrera en “La casa de al lado”. Efectivamente, a 2015 le quedan unas pocas horas, pero no importa, porque el tiempo está después. Hace un par de semanas, el sello Ayuí lanzó un disco grabado en vivo en el teatro El Galpón que tiene como protagonista a Cabrera interpretando -junto con Edú Pitufo Lombardo- versiones de canciones de dos íconos de la música vernácula de igual nombre: Eduardo Mateo y Eduardo Darnauchans. El nuevo álbum fue la excusa ideal para terminar el año charlando con Fernando Cabrera.
-¿Cómo surgió la idea de grabar un disco de versiones de Mateo y Darnauchans?
-No fue idea mía. Mi idea fue hacer el concierto en El Galpón, porque en 2015 cumplía 65 años y me invitaron a hacer algo, junto a distintas celebraciones. Pensé que tanto Mateo como Darnauchans habían tenido diferentes relaciones con El Galpón en distintas épocas; entonces, me pareció que estaba bueno hacer un recital con repertorio de ellos dos. Desde que empecé en la música, por el año 1977 o 1978, antes de conocerlos personalmente, hago alguna canción de ellos dos, como “La mama vieja”, de Mateo; y con mi primer conjunto, MonTRESvideo, hacíamos “El instrumento” y “Final”, justo en el momento en el que el Darno estaba prohibido. Entonces me puse a buscar y a seleccionar temas. Se me ocurrió llamar a Edú Lombardo para que me diera una mano con algunas canciones. Empezamos a ensayar y nos entusiasmamos mucho. Anunciamos el concierto y se agotó enseguida; hubo que hacer una segunda función. Y la gente de Ayuí me dijo: “Che, Fernando, ¿no querés grabar esto?”.
-Al escuchar el disco me dio la sensación de que rompés las canciones -en el buen sentido- y las volvés a armar, de forma que quedan muy diferentes de las originales.
-Tal cual. Es una reconstrucción. Así funciono yo automáticamente cada vez que hago un tema de otro. No me lo tengo que proponer, naturalmente se me van ocurriendo variaciones. No es tan raro eso. No creo que tenga mucha gracia hacer covers fidedignos. Yo vengo de un mundo musical -o de una época- en que eso era lo más natural. Hoy en día no hay arregladores, es un oficio que ya no existe, como el de afilador y esas cosas, pero el arreglador hasta hace pocos años existía, y lo contrataban las discográficas o los canales de televisión. De chico siempre quise ser arreglador. Después no fui porque desapareció el oficio y porque me volqué a la canción. Pero era mi meta cuando tenía 15 o 16 años. Modificar las cosas está en mi ADN; encontrarles otra manera, otra forma de cantarlas, cambiarles el ritmo, la armonía, etcétera. Y siempre lo veo como un homenaje, con sumo respeto.
-Mientras escuchaba tus arreglos de guitarra eléctrica en “Príncipe azul”, recordé tu disco Autoblues, de 1985; en particular, el tema “Rodaje”, que tenía una guitarra más lineal y muy estilo The Police. Parece que se tratase de dos guitarristas distintos.
-Totalmente. Fui haciendo un cambio en la forma de tocar la guitarra sin darme cuenta, le fui dando otro lugar en el acompañamiento de mi música, que se ha visto con más claridad en los últimos años. Antes tocaba de un modo más estándar, y al mismo tiempo con más complejidades que hoy; o sea, más cargado, más barroco, lleno de notas y de acordes. Con el correr de los años fui tocando cada vez más simple, limpiando cosas que estuvieran de más, jugando con el hecho de que el oyente puede armarse en su cabeza el acorde entero si vos le sugerís nada más que una nota en la guitarra y la segunda nota que es la que entona el cantante; con esas dos, el oyente ya se imagina todas las que faltan. Dentro de ese proceso de simplificación, le quise dar a la guitarra una característica más orquestal -aunque parezca contradictorio-: si vos escuchás una orquesta, no sucede que todos los músicos estén tocando de principio a fin sin parar. Traté de llevar eso macro a la guitarra: capaz que toco una línea de bajos, dejo un silencio, paso a hacer una cosa en otro lugar de la guitarra, hago un acorde, y en vez de seguir haciendo un acorde detrás de otro, vuelvo a hacer un bajo solo. En este disco se puede ver eso. Se trata de un viejo tema que hablábamos con mis maestros, Coriún Aharonián y Graciela Paraskevaídis: romper con la discursividad, que es tocar parejo a lo largo de todo el tema. Que no sea discursivo, que pueda tener rompimientos y cambios.
-Eso va en contra de la idea de que “cuanto más complejo, mejor”.
-Tal cual. Cuando empecé en la música, yo creía eso. No sé por qué me tragué esa pastilla.
-Hay varios que se la siguen tragando.
-También se puede ser complejo; no quiero decir que no haya que serlo.
-Pero se puede ser complejo y hacer mala música.
-Exacto. Y por último, no sé si la complejidad ayuda. Muchos instrumentos tocando, y todos en un perfil “virtuoso”... La oreja del oyente recibe tanta información, tanta cantidad de notas... Depende de lo que hagas. Mi género es la canción. Ahí están en juego tantas cosas que si vos complejizás el acompañamiento, no sé si es un aporte.
-¿La influencia en tus primeros discos solistas fue The Police?
-No sólo The Police, el rock en general; lo que pasó fue que The Police estaba de moda en esos años y nos influía mucho, pero ya veníamos de The Beatles. Pero te digo la verdad, nos matábamos escuchando a The Police.
-¿Hoy con qué música te matás?
-Con nada. Escucho lo que el azar me depare. Si voy a la casa de alguien, escucho lo que ponga; o prendo la radio. En este momento de mi vida no estoy siguiendo a un artista o a una banda, o poniendo discos en mi casa. No sé si será cansancio o falta de curiosidad. Capaz que no hay cosas que me atraigan tanto como antes. Creo que es un poco un tema biológico: en la juventud pasamos absorbiendo y descubriendo; pasé por esa etapa durante muchas décadas. Hoy no siento esa necesidad de estar al día. O quizá la música no está tan interesante como antes.
-¿Cómo ves el panorama actual de la música nacional?
-Mirá, con todo respeto -y que el lector sepa que mi opinión no vale más que ninguna, que no se tome como ninguna pontificación ni nada-, en el día de hoy veo a la música uruguaya muy pareja, muy similar; los patrones que se usan, las rítmicas, las melodías... Me parece que hay un proceso, en estos últimos tiempos, en el que todo se convirtió en pop; una especie de pop de fogón. Pero todo: el canto popular, el rock, la música tropical, la de cantautor, etcétera. Lo que escucho al azar en la radio: pongo, y ya el sonido es una especie de canción pop. Antes éramos todos distintos, todos planteábamos lenguajes diferentes; y ahora parece que fuera todo la misma banda. Esta reflexión me vino con total claridad hace tres o cuatro meses, cuando estaba en mi casa viendo la entrega de los [premios] Graffiti. Ahí ves todo, porque hay muchas categorías y muestran un cachito de cada una. Pasaron como 300 ejemplos, y todo era pop. ¿Qué pasó en este país? Todo era pop de fogón. Prolijo, muy bien grabado, todo súper profesional, todo suena cada vez más gringo, perfecto, pero son canciones pop. Es como si estuviéramos en el año 66, en la playa, con amigos, los leños, el fuego... ¿Todo es eso en Uruguay ahora, en un país en el que la música era tan rica, tan diferente, y cada disco era una novedad? Hay excepciones, obvio, pero algo pasó. Sé que No Te Va Gustar hace pop, o que Franny Glass -en otra área- hace pop; lo sabíamos todos, pero resulta que ahora son 80 los que hacen eso.
-En la década del 80 tuviste trato con Eduardo Mateo; de hecho, grabaste un disco con él. Hay muchos mitos en torno a su persona; por ejemplo, que casi nadie le daba pelota a su música. ¿Era realmente así?
-Es bueno establecer una cosa, porque hoy en día es muy fácil escuchar en todos lados “Uy, a Mateo la sociedad lo ignoró” o “Uruguay es asesino de sus artistas”. Todo ese discurso que escuchamos siempre, no sólo aplicado a Mateo. Para mí esa forma de expresarse es muy simplista y no refleja la realidad. Es más, a veces me parece un poco hipócrita. O la gente que dice eso lo hace desde cierta ignorancia. Lo concreto es que Mateo hizo una música muy especial, muy rica, por fuera de los cánones, y siempre fue muy original. Era un artista de verdad, tuvo ética artística, eso de “yo hago lo que mi mente creativa me manda”, igual que un pintor, un poeta, etcétera, que hacen lo que sienten que tienen que hacer, y les importa un comino lo que piensen los demás, que es la verdadera ética de un creador. Si hacés eso, no podés esperar que la opinión genérica, el canon, te acepte fácilmente. Eso le pasó a cualquiera que se la haya jugado. Ahí no hay culpa de la sociedad, ni del Estado ni de nada; es una lógica de la vida. Si además ese artista lleva una vida de difícil diálogo con la sociedad, se le hace más difícil. Si no facilitás, no construís puentes, va a ser bravo el diálogo. Le pasó a El Príncipe [Gustavo Pena] y a Darnauchans. Entonces, no le echemos la culpa a la sociedad tan a la ligera. Yo estoy cansado de oír eso: “Uruguay mató a Fulano”. ¿Uruguay lo mató, o él contribuyó un poquito también a matarse? Dejando de lado eso, su obra es una maravilla, es una bendición que haya existido y que haya vivido entre nosotros. Dejó una escuela doble: la musical y también la ética artística, ir a fondo con tu idea sin que te importe nada más, que es la misma enseñanza que nos dejaron [Alfredo] Zitarrosa, Darnauchans, [Daniel] Viglietti, [Ruben] Rada; todos se la jugaron. Por eso me llama la atención esta etapa uruguaya en la que parece todo igual, todo pasteurizado. Capaz que es mundial.
-Hablando de versiones: hace unas semanas, Buenos Muchachos y La Hermana Menor tocaron “Por ejemplo”, del disco Mateo & Cabrera. ¿Cómo te cae que interpreten tu música?
-Es lo más lindo que hay. Porque en mis comienzos y durante unos 20 años más nadie hacía temas míos. A veces me preguntaba “¿qué pasará con mis canciones?”. Y desde hace diez años para acá, mucha gente empezó a hacer canciones mías, acá y en Argentina. Me agarró de sorpresa, pero la felicidad es enorme. No puede haber nada más lindo: que un colega elija una canción tuya para hacer es el mayor homenaje que podés recibir. Me gustan todas las versiones porque me tocan una fibra, me motivan.
-¿Estás trabajando en un disco nuevo?
-Sí, hace tiempo. Va a ser un disco muy mío, muy de guitarras; y, por ahora, sin más músicos, aunque capaz que invito a Edú para alguna cosa. Va a ser parecido a esto [el disco de versiones de Mateo y Darnauchans]. Voy a doblar guitarras y voces, y capaz que pongo algún bajo también. Pero no quiero llamar a otros músicos, quiero hacerlo yo. Tengo muchas canciones nuevas y bastante distintas entre sí, y raras. Va a ser un disco experimental. En los últimos años he trabajado con un equipo muy bueno, una banda que ya está muy consolidada, pero tengo ganas de hacer un disco así, en el estilo -por el procedimiento, no por la música- de Mateo solo bien se lame [1972], y grabar todas las cosas yo.
-En una entrevista dijiste que primero hacés las letras y luego la música. Me parece que eso no es lo más común.
-No es muy común, capaz que otra gente tiene primero la melodía. Tiene que ver con que la mayoría de los que hacen canciones son mas músicos que letristas; o sea, son primero músicos que luego quieren hacer canciones; entonces, van y le ponen a cierta música una letra, quizá sin haberle dedicado al mundo literario la misma inquietud que le dedicaron al musical. Se formaron en la música, estudiaron su instrumento, tomaron clases de armonía, fueron al conservatorio, etcétera, y después componen una canción, pero quizá no hicieron lo mismo con la literatura: no fueron a [la Facultad de] Humanidades ni leyeron muchos libros, y escriben lo primero que se les ocurre: “Me dejó mi novia”, “me fui al Polonio”. Me parece que hay una pequeña renguera en muchos autores de canciones, que no tienen la misma preparación o la misma capacidad para la letra que para la música.
-Por eso se destaca la calidad de las letras de Leonard Cohen, por ejemplo, que primero fue poeta y después empezó a componer canciones.
-Ése es un maestro. Pero si te ponés a analizar a los grandes ejemplos de cantautores -para mí, entre los mejores, [Bob] Dylan, Chico Buarque, [Joan Manuel] Serrat, Atahualpa Yupanqui, Zitarrosa, Violeta Parra-, la calidad de ambas cosas es pareja. Son tremendos músicos y tremendos letristas. Todos esos que te nombré tienen un gran acercamiento a la literatura o a las letras en general. ¿O vos te pensás que a esos maravillosos autores las letras les salían de la nada? Tenían una preparación similar a la musical. Si querés hacer una buena canción, deberías preocuparte por formarte en las dos áreas. Porque la canción es un encastre entre dos mundos, no sólo música con cualquier palabra que se te ocurre. Eso no es una buena canción.
-¿Sos de basarte en historias propias para escribir?
-Sí, y en historias ajenas, cosas que me cuentan o que invento también, que no son propias ni ajenas.
-Tom Waits decía que la mejor parte de la historia en una canción suele ser la que es mentira.
-Ahí está la creatividad, la inventiva. En el terreno de la letra pasan cosas parecidas a lo que ocurre en lo musical, también puede ser muy abstracta, podés combinar cosas y ser medio surrealista.
-Pienso en un tema de tu autoría, “La casa de al lado”, que parece hablar de muchas cosas.
-Exacto. Por momentos es abstracto. Y otras canciones mías también. Es como tú decís: no se sabe de qué habla, va para acá, para allá, pero hay un ejercicio, un juego con las palabras y las ideas.
-Después de más de 30 años, ¿estás seguro de que Joe está acabado?
-No. Porque las características de Joe, que son la tiranía y el despotismo, forman parte de la humanidad. Lamentablemente.

martes, 21 de junio de 2016

"Hacer esto es una maravilla"

Una charla sobre su arte y el ciclo de Mateo y Darnauchans.



Fernando Cabrera ha emprendido una tarea divina: recordarnos de la belleza de las canciones de Eduardo Darnauchans y Eduardo Mateo. Lo hizo el año pasado en dos funciones agotadas en El Galpón, lo registró en un disco y ahora lo repite todos los miércoles de junio en la Sala Zitarrosa.
Aunque los tres son fundamentales en la música uruguaya, no parecería haber orígenes más disímiles en las obras de Darnauchans, Mateo y Cabrera. Y sin embargo siempre fueron tan cercanos, personal y éticamente, como primos hermanos.
Darnauchans es un producto del interior culto y su música es una combinación de eso: tiene rasgos de rock, folk, folklore, milonga y hasta música trovadoresca. Lo suyo era la poesía y la melodía, dos artes que dominaba con maestría.
Mateo representa al Montevideo urbano de su época con su candombe juguetón y vanguardista tamizado por la bossa nova y los Beatles, una influencia que abarca a los tres. En Mateo, la lírica y la música está al servicio del ritmo.
Cabrera, el más joven de los tres y el único sobreviviente, es de una generación posterior y lo suyo es un refinamiento experimental de fuerte personalidad en el que conviven el folklore, Viglietti, el tango, Piazzolla y el rock and roll en sus distintas presentaciones.
En el espectáculo de la Zitarrosa (Cabrera canta Mateo y Darnauchans, que será uno de los eventos musicales del año), Cabrera, acompañado por Edu "Pitufo" Lombardo, consigue juntar esos tres universos tan personales a partir de sus denominadores comunes.


Cabrera inició su carrera a fines de la década de 1970. Fue un estudiante de guitarra a prepo que derivó en destacadísimo y pasional compositor, cantante y guitarrista.
Su primer grupo, Montresvideo (un trío con Gustavo Martínez y Daniel Magnone), era de una experimentación vocal y de guitarra criolla estrafalaria y genial y que Cabrera —bienvenido— empezó a revalorizar no hace tanto.
Algunos de esos caminos los electrificó con Baldío, su siguiente grupo, hoy poco recordado. A comienzos de la década de 1980, nadie hacía música como ellos y su recital en el cine Liberty fue una de las grandes experiencias musicales de este cronista. Todos éramos tan jóvenes.
Aunque Cabrera niegue el valor de la perseverancia, tiene que haber algo de eso. Su carrera solista ha sido sostenidamente interesante desde aquel temprano El viento en la cara de 1984 hasta Viva la patria de 2013, su último y excepcional disco con canciones de su autoría.
En los últimos 10 años, además, ha conseguido una quizás modesta pero creciente y constante presencia en Argentina donde es celebrado como el gran cantautor uruguayo; otra vez los argentinos tienen razón.
Con la excusa de sus shows en la Zitarrosa, Cabrera recibió a El País en su apartamento de la Ciudad Vieja donde entre libros, viejos afiches y cuadros, dice tener 100 canciones agazapadas, esperando a salir.
—Su carrera, da la sensación que está afirmándose acá y en Argentina. ¿Cuándo empezó esta consolidación?
—Hace unos 10 años. Y no es por una causa sola. Antes de eso hay 30 años de acumulación de presencia, de seguir sacando discos en los que el seguidor mío se sentía respetado y me veía en permanente laboratorio. Y está, claro, el boca a boca. Siempre he sido un artista minoritario pero ese pequeño público empezó a recomendarme y de a poquito se llegó a una cifra más grande.
—Y está la perseverancia.
—No uso la palabra perseverancia porque parece implicar una actitud de insistencia decidida. Y no fue así porque para mí la música es algo natural y me acompaña desde la niñez. Yo amo la música, nada más. No es que haya sido tozudo.
—En sus últimos discos ha venido repasando el canon de la música uruguaya. Está este disco sobre Mateo y Darnauchans y Canciones propias, su disco de "covers". E incluso en Viva la patria hay un recorrido musical nacional desde sus propias canciones. ¿Cómo se ubica en el canon nacional?
—Creo haber logrado —lo que siempre fue un sueño para mi— que alguna canción mía quede en el cancionero uruguayo. Cosa más linda que esa no puede haber. Que cuando se nombran 20 o 30 músicos de Uruguay, yo esté ahí, es mi gran felicidad.
—¿Cómo evalúa su carrera? Por ejemplo su primer grupo, Montresvideo.
—Durante muchos años, lo infravalore. Tenía una visión muy crítica pero desde hace unos años me pasó una gran autoreivindicación con Montresvideo. No puedo creer haber hecho eso a los 19 años. Me da mucho orgullo. No se parecía nada.
—Y siendo tan joven, escribía un montón de canciones.
—A esa edad el ser humano está en un pico de querer mostrarse, tiene ideas vírgenes y, a mi, las canciones me salían rapidísimo. Las más conocidas de esa etapa ("Agua", "El loco") me salían en 20 minutos. Ahora terminar una canción me puede llevar años.
—Y después estuvo Baldío, una banda que a mi me impactó. ¿Qué año era eso?
—1982 y 1983 pero como que me parece que nunca pasó, que está en un limbo. Baldío tiene antecedentes (Jorge Galemire, Darno) pero no tuvo hijos, pasó desapercibido. Fue bien recibido por la crítica y los colegas pero el público no acompañó. Fue una vida corta de cierta tristeza y frustación. Era una época de músicas más funcionales, más directas, más demagógicas. Teníamos canciones sobre el momento pero el lenguaje musical era muy experimental.
—Decía que Baldío, no tuvo hijos. ¿Cree que su carrera solista tuvo influencia en otros?
—Tengo un problema en darme cuenta de eso. Muchos, acá y en Argentina, me dicen que tal o cual artista se parece a mi o que tiene una clara influencia mía. Pero los escucho y no me doy cuenta. Lo mío no es algo para seguir al pie de la letra. Lo que sí se puede seguir es el concepto: trabajar con la música criolla, incluir influencias de todo el mundo, ser abierto. Pero si tomás eso y lo ponés en práctica no se va a parecer en nada a lo mío.
—Se parecería en la actitud.
—Y eso es lo que yo tomé de mi época. De los Beatles, Mateo, Zitarrosa, Los Olimareños. Y no me parezco en nada a ellos. Como tampoco a Jobim, Piazzolla, Viglietti, mis fuentes.
—Músicos como Mateo, Darnauchans o Galemire...
—Cuando empecé Darnauchans tenía dos o tres discos y Sansueña era una cosa maravillosa. Y aprendí mucho de él y de Galemire. Fueron mis maestros directos, de charla, de consejos, de ir a la casa o a sus grabaciones y que me enseñaran.
—Pero ninguno de ellos, quería decir, tuvo una repercusión a la altura de su talento.
—A veces va en la mera suerte, que juega su pequeño papel. Y está la actitud del músico que en algunos casos puede ser autodestructiva pero en otros no. Galemire no era un tipo autodestructivo pero carecía, al igual que yo, de una visión más "empresarial" de la música, de cómo mostrarse. No teníamos idea de eso. Alimentados, además, por una visión purista del arte que tiene que ver con la escuela uruguaya de la música: esquivar lo comercial y lo masivo, buscar la originalidad, ser diferente, no pertenecer a una corriente. Eso estaba en el aire.Y lo teníamos porque somos herederos de Mateo.
—¿Eso sigue estando?
—La inquietud de ser innovador y original dejó de ser un valor. Y no lo critico. En la décadas de 1960 y 1970, la búsqueda de la vanguardia y la originalidad eran valores imprescindibles en todas las manifestaciones artísticas: estaba en el cine, el arte, la música. Eso se marca en el ADN de los que lo vivimos y no te lo sacás más. Ahora que se diluye ese valor, lo sufrimos y tenemos una actitud crítica...
Que es medio de viejos...
—De viejos y equivocada. Los paradigmas cambiaron y hoy no es un valor ser original. Y eso hay que respetarlo, es así. Hoy los chiquilines quieren tener una banda que suene como determinada banda, no que la influencie, sino parecerse. Y como el público los acompaña, se legitima. Y tipos como yo, Galemire, Darnauchans o Dino cuando cambian los tiempos, tenemos menos público.
—Hay una contradicción porque este es el momento, como dijo, cuando mejor le va.
—Por algún misterio no me pasa. Pero quién escucha las melodías de Darnauchans. Sus canciones no están en el aire.
—Pero el éxito de este ciclo que hace con Pitufo Lombardo, habla de un interés.
—Yo bromeaba que los convocantes de este recital somos cuatro: Mateo, Darnauchans, el Pitufo y yo, los cuatro vendiendo entradas. Esto no fue una idea mía, si no una invitación de El Galpón, que creció, salió un disco que ahora se edita en Argentina. Y yo pensaba que era solo por aquella vez.
—Usted es un artista que maneja sus tiempos y su obra. ¿Cómo siente que esto haya demorado otros proyectos?
—Hacer esto es una maravilla pero sí es cierto que este disco y Canciones propias atrasan mi normal circuito de creación.
—¿Qué le gusta de hacer versiones de temas ajenos?
—Es algo que vengo haciendo de niño: agarrar una canción y hacerla diferente. No son cosas que te proponés, te salen solas. El arreglo que, después de todo, es algo que está en el tango, por ejemplo. Aparecen los fundadores (Firpo, Canaro) y una generación después los hermanos De Caro, Maffia, Laurenz ya estaban agarrando su tangos y arreglándolos. Y el primer disco de Troilo de 1938 tenía canciones de hacía 20 años con arreglos nuevos. Y Piazzolla hizo lo mismo.
—Le va bien en Argentina...
—Irme bien, en los términos moderados que se aplican a mi vida, es ir seis o siete veces por año en giras por el norte o por el sur. Y una felicidad enorme encontrarme, no solo con las grandes ciudades, sino con pequeños pueblitos en los que 200 personas llenan un teatro y me recontraconocen. Y eso me pasa en lugares remotos.
—¿Hay un disco nuevo?
—Quisiera...
¿Ya tiene las canciones?
—Tengo mucha canción.
—¿Está como cuando joven?
—No, ese ritmo no lo tengo pero se han ido acumulando. Tengo como 80, 100. Todas están ahí, esperando. Si quisiera, ya no precisaría componer más.
—Pero eso no va a pasar.
—No, espero que no. Es tan lindo. Es la sal de la vida.
 
Fernand Cisneros ( http://www.elpais.com.uy/divertite/musica/esto-maravilla-fernando-cabrera-charla.html)

Cabrera canta MATEO y DARNAUCHANS (22 y 29 de Junio)


viernes, 2 de enero de 2015

Fernando Cabrera: “Veinte segundos de Troilo son una universidad”


El cantante y compositor uruguayo, faro para una generación de cancionistas rioplatenses, habla de su nuevo disco: “Viva la patria”. La charla también recorre su extensa trayectoria como músico, de Eduardo Mateo a Eduardo Darnauchans, pasando por los Beatles y Gardel.
Por Facundo Arroyo


Fernando Cabrera canta, toca la guitarra y escucha música desde su niñez. Ha compuesto más de 300 canciones. Escribió la primera a los 16 años y ahora tiene 57. Su primer registro fue con el grupo MonTRESvideo en 1981 y su debut solista llegó en 1984 con “Viento en la cara”. Desde Montevideo —“siempre me interesó la música del Río de la Plata”, dice—, convivió con varias de las escenas culturales más importantes de la música urbana de Uruguay. Grabó y tocó con el Negro Rada, Eduardo Mateo, Eduardo Darnauchans, Jorge Lazaroff y Jorge Drexler, entre otros. La gran difusora de su música en Argentina fue Liliana Herrero, quien incluye canciones de Cabrera en la mayoría de sus discos y lo invitó a participar en su trascendental “Litoral” (2005). Las nuevas generaciones de cancionistas rioplatenses lo toman como referente, desde Lisandro Aristimuño y Franny Glass hasta Lucio Mantel y Sofía Viola.
En 2010 editó “Canciones propias”, con 16 piezas clave del sonido de su zona, de Aníbal Sampayo a Marcos Velásquez, de Alfredo Zitarrosa a Horacio “el Corto” Buscaglia. Produjo un disco de interpretaciones perfectas, vivas, que parecen trasferidas directamente desde el sistema circulatorio de su ejecutor. Y el año pasado, luego de “Bardo” (2006), llegó “Viva la patria”, un nuevo disco de composiciones propias. Una cosmovisión de Montevideo —y el Uruguay todo — con gestos de surrealismo y delirio. Esas fueron las dos últimas noticias de su carrera y así comenzó la charla con La Pulseada.
¿“Viva la patria” es un título dedicado a Uruguay?
—El origen del título ya estaba antes de pensar este disco. Es de una canción que ya tiene un par de años. De hecho la terminé en Buenos Aires en unas vacaciones que tuve en enero.
—¿Y qué intenciones persigue esa canción?
—Se llama “Viva la patria” pero no es nacionalista ni patriótica. El título fue como medio surrealista. Compuse la letra antes que la música y cuando la terminé —es un recuerdo que tengo bien claro — me vino a la cabeza la frase “Viva la patria”. No tenía nada que ver con la canción, pero vino. El inconsciente me la mandó y la anoté arriba de la hoja. Allí quedó meses. Porque me tomo cada vez más tiempo para darle el okey a alguna canción o arreglo.
—¿Apunta al costumbrismo de alguien?
—Es una especie de biografía, no sé si autobiografía, porque hay momentos míos pero no todos. Una biografía bastante delirante. Cuando fui a buscar el nombre para el disco estaba ahí. Siempre es una tarea tediosa buscar el título para un disco. He llegado a tener listas de 300 nombres, páginas y páginas. Ninguna te gusta, vas pa’ tras, vas pa’ adelante. Pero en este caso estaba ahí. Me parecía funcional. Podía ser en chiste, podía desvincular el significado, Viva la patria es una frase muy conocida.
—Su significado fue otro luego de las dictaduras en América del Sur…
—A esa frase, luego de las dictaduras, la dejamos de usar. Fue muy bastardeada, ensuciada. Pero antes de las dictaduras —porque yo tengo muchos años y viví antes de las dictaduras — la palabra patria tenía naturalidad e inocencia. Incluso era común, recuerdo en mi infancia, que la gente en las reuniones gritase Viva la patria y todos respondiésemos ¡Viva!
—Yendo al disco, a simple vista parece tener un hilo conductor, pero luego de la escucha ese preconcepto cambia.
—El disco no es conceptual, no tiene una unidad temática. Al contrario, debe ser mi disco más variado y diverso. Es algo que me sorprendió cuando terminé de grabarlo y pude tener una visión total. Muchos enfoques diferentes, me gusta eso. Lo contrario de un disco conceptual. Me parece más lindo que cada canción tenga un mundo, que se cierre en sí misma.
—Sin embargo, ¿me puedo imaginar a Montevideo en “Viva la patria”?
—Sí, claro. Un posible Montevideo, pasado por mi mirada. Que tampoco es un Montevideo completo sino un aspecto, una zona, una época.
—Vayamos a la canción. Vos retomás la historia y hacés canción contemporánea. Eso quedó en plena evidencia con tu disco “Canciones propias”.
—No sé si es una constante, pero sí he trabajado en esa línea. Más acá en el tiempo con la temática, con algunos sucesos históricos. Igual no doy una visión sobre eso, sino más bien los adopto como insumos literarios, porque en la canción tomo caudillos o personajes de la historia pero les agrego cosas mías. Me valgo de herramientas que te puede dar la poesía, con toques de surrealismo, otro toque de delirio, a veces hasta con un toque de humor. Igual no son tantas las canciones en las que me he metido con temas históricos. Sí fueron con mucha libertad, no para que el maestro las use como ejemplo en la escuela.
—Y musicalmente hablando, ¿cómo es el tratamiento?
—Me gusta mucho relacionarme con los ritmos de nuestro acervo musical. Soy un gran escucha y estudioso, sobre todo de la zona del Río de la Plata. Escucho lo que proviene de esta especie de región musical que es la provincia de Buenos Aires, parte de Santa Fe, Entre Ríos, Uruguay. Ese círculo es una región muy clara, culturalmente. Hablamos igual, nos vestimos igual. Una familiaridad que también se da en la música. No es lo mismo Cuyo ni el Noroeste argentino. La mía es —lo siento así porque aquí nací — la región del Río de la Plata. Tiene una riqueza musical enorme, podríamos citar más de veinte géneros y danzas diferentes. El tango y la milonga, por supuesto, pero entre muchas más.
—¿Y eso repercutió directamente en tus comienzos musicales?
—Fijate que la primera canción la hice a los 16 años y fue una vidalita. Luego compuse una huella en criollo, he hecho varias milongas, la presencia tanguera es muy fuerte en mi música. Me gustan el gato, el cielito, la cifra, el estilo, toda la música del Río de la Plata y por supuesto también la parte más negra africana presente sobre todo en Uruguay: murga, candombe.
—Y hablando de sonidos, ¿qué sonaba en tu infancia?
—Todo eso estaba en el aire, en la radio, en mi casa y en cualquier otra. Mi profesora de guitarra —empecé a los seis— me enseñaba esas canciones: Linares Cardozo, Romano Galarza… En el coro de la escuela cantábamos canciones de Yupanqui y de los primeros autores uruguayos. Quiero decir que mi gusto es primigenio, las músicas que oigo hoy ya las escuchaba desde chico.

Criollo y moderno
Cabrera, calzado con unas alpargatas psicodélicas, agrega: “Paralelamente a esto que cuento de la infancia, también aparecen los Beatles”. En 1964 la banda de Liverpool ya era un fenómeno popular. Ese año viajó a Estados Unidos y se difundió a nivel mundial. Con siete años, el cancionista ya estaba escuchando a los Beatles: “Y era una cosa que me arrancaba la cabeza, como a todo el planeta —asegura—. Así nace adentro mío ese mundo criollo mezclado con la modernidad. Después llega la oleada: Dylan, Hendrix, The Who. En esos primeros discos vas a escuchar la milonga, el tango, la chamarrita pero mezclado con toda esa música de Inglaterra —explica, para que se comprenda el gran acercamiento al rock de sus primeros discos solistas—. Experimentaba esa mixtura a la que también le tengo que agregar la música del Brasil. Desde la infancia, la bossa nova explota cerquita del fenómeno beatle. Estaba en todos lados: prendías la radio y sonaba. Mi madre pasaba hacia la cocina silbando Garota de Ipanema”, recuerda.
Uno de los músicos uruguayos más influyentes para su carrera fue el poeta y compositor Eduardo Darnauchans. Vinculado a la Universidad de Letras, “Darno” propuso una lírica desbordante para los cánones de la canción durante los ‘70. Entre otras colaboraciones, con Cabrera editó “Ámbitos” (2008), un notable registro en vivo.
—¿Qué significó tu amistad con Darnauchans y poder trabajar con él?
—Eduardo era un poquito mayor que yo, pero su carrera la empezó muy joven. A los 18 ya tenía disco. Cuando lo conozco él ya tenía una carrera iniciada y yo recién empezaba. Tendría 20 y estaba con mi primer grupo MonTRESvideo. Nos hicimos muy amigos. Él me tomó como ahijado. Yo ya lo admiraba: tenía sus discos, lo pasaban por la radio, pa’ mí era un grande. Me aconsejó mucho y fue muy importante para mi carrera. Toda su experiencia poética, cómo armar un espectáculo, tantas cosas…
—¿Y Jorge Galemire?
—Igual que Darno: un poquito mayor que yo. Me mostró otros aspectos. Dentro del rock, los instrumentos eléctricos, el uso de los pedales, los equipos de amplificación. Buen compañero. Igual que Darnauchans. Los dos juntos al mismo tiempo me alentaron a la mezcla. Yo veía cómo se animaban a mezclar los ritmos y eso me impulsó a hacerlo con mi música. Escuchás nuestros discos y no tienen nada que ver, pero esa enseñanza está. No es que se note, pero yo sé —porque lo sé — cómo entraron en mí.
—¿Y Eduardo Mateo?
—Ya desde la adolescencia era un ídolo para mí.
—¿Cuál es el disco que más te gusta?
— “Mateo solo bien se lame” —responde, antes de que termine la pregunta.
—El favorito de todos…
—Es una cosa muy redondita. No se parece a nada, lo hizo él solo (se ríe). Lo grabó en ION (histórico estudio). Pero hay muchas cosas más también. Los discos de El Kinto (banda que integró Mateo) son increíbles. De todas formas, no es que estos cuatro amigos y músicos me hayan cambiado la cabeza. Yo creo que lo mío venía desde la infancia, por algo me buscaron, también les gustaba lo que yo hacía. Ya se venía armando.
—Sin embargo está la errónea idea de considerarte un desprendimiento…
—A veces se cuenta eso. Me han dicho: “Sos un continuador de Mateo”, y no es así. Ni de cerca. Trabajé con él y aprendí, pero no es que le copié su onda. Ni de ellos cuatro, ni de Lazaroff (Jorge), otro importante. Lo que hace Lazaroff no tiene nada que ver conmigo. Sin embargo, fue útil trabajar con él, ¡y encima nos hicimos amigos!

Cantar como hablamos
La palabra trascendió la carrera musical de Cabrera. Gran lector, en 2012 editó el libro de poemas Intro. “Vengo escribiendo desde la adolescencia por tener contacto desde siempre con muchos poetas amigos —confiesa—. Uno de ellos, Darnauchans, que ese sí que era un poeta. Comprendí que no es lo mismo una letra que un poema. No se puede decir que un hombre que escribió 30 canciones es un poeta. Un poeta de verdad se dedica a eso como se dedica el ingeniero, el cirujano. Tu energía laboral está puesta en eso, estudiás y vas a fondo. Producís mucho y entrás en ese mundo, que incluye investigación, exploración de vanguardias, descubrimiento de las fronteras del lenguaje, experimentación”.
Su canto se caracteriza por un gesto criollo y moderno. Él lo explica así: “La forma de cantar es un larguísimo proceso, no es de un día para el otro. Yo no sé si siquiera me lo propuse. Para mí tiene que ver con el intento de trasladar la musicalidad, la rítmica, el fraseo del habla, de cuando hablamos, al momento de cantar. Es un proceso más cerebral que luego pasa por la garganta. Entonces me propuse cantar intentando no pensar en nada, que el flujo de la palabra y de la música salga solo, como cuando hablamos. Que los acentos, los énfasis salgan solos. Es como ponerse al servicio de la música, ser como un canal. No es fácil teorizar sobre esto”.
“Lo que hago ya lo hacían los cantores de tangos hace mucho tiempo. El problema es que la gente no escucha la música de antes, pareciera que esa música está muerta. Sólo se escucha la música de ahora. El pasado no existe, murió, no interesa. No es ningún misterio lo que hago, aunque piensen que es novedoso. Cantar como hablando, eso está en el blues, en la milonga, en Mick Jagger, en la tradición del payador. Es nuestro hace 150 años pero nadie mira para atrás. Todos miran para adelante”.
Cabrera respira y —con una voz que ya está ronca— asegura: “El tango tiene cantantes infernales. ¿Quién escucha a Troilo hoy? Nadie. Pero yo sí, porque veinte segundos de Troilo son una universidad. Hay tantas conclusiones que se pueden sacar de ahí”.
—¿Qué opinas sobre el argumento de que hay que irse del Uruguay para entenderlo?
—Para ciertas personas puede ser una manera de entender Uruguay. Para mí no fue necesario irme para comprender mi entorno cultural, pero si para otros sí lo fue, bienvenido sea. Yo no soy muy del viaje, ¿viste? Hay un mito de que cuanto más viajás más culto sos. Yo creo relativamente en eso. No me parece que una persona aventurera, trotamundos, vaya a ser más sabia que una que se quedó toda la vida abajo del ombú criando a sus vaquitas y nunca salió de sus pagos. Depende de la cabeza de cada uno y de su capacidad de reflexión. No es necesario tomarse siete aviones por mes para tener una mayor riqueza espiritual.
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miércoles, 17 de septiembre de 2014

jueves, 31 de julio de 2014

Fernando Cabrera se renueva una vez más desde "Viva la patria"

La historia de Cabrera dista mucho de lo común: Comenzó a conocer la popularidad hace unos 10 años, cuando ya empezaba a sentir que lo suyo "no iba a ningún lado", y si bien es un prolífico compositor -tiene 300 temas editados-, hoy, a los 57 años, se encuentra en pleno apogeo creativo.

"Siempre siento que estoy empezando, sigo imaginándome que tengo 19 años, nunca me acostumbré a situarme en un lugar establecido, sigo siendo como un debutante y capaz que eso ayuda porque te seguís exigiendo, te seguís desafiando", apunta el artista a Télam durante una visita a la Argentina para difundir "Viva la patria" y su presentación del 9 de agosto en el ND Teatro (Paraguay 918, Capital).

Sensibilizado por la novedad que para él significa que lo reconozcan en calle, lo paren para pedirle un autógrafo o sacarse una foto, el autor de "La casa de al lado" y "Un par", cuenta que "esto es algo que nunca me había pasado, a mí eso me cambia el día, es felicidad pura. ¡Me vienen a pasar cosas tan lindas a esta edad!, no me lo esperaba".

"Unos años atrás yo era un amargado, un tipo que pensaba que mi vida era un fracaso, que ya no iba para ningún lado. Si vos te dedicás 30 años a algo y no pasa nada, pensás: `ta`, me equivoqué, lo mio no gusta`, vivís como una especie de complejo, `¿son tan malas mis canciones?` pensaba yo", repasa Cabrera con una franqueza fatal, esa que misma que aparece en muchas de sus canciones.

Su suerte cambió cuando empezó a visitar la Argentina, donde artistas como Liliana Herrero y Javier Malosetti, entre muchos otros, comenzaron a versionar sus temas, y allí advirtió que a los jóvenes le gustaba lo que hacía.

"El hecho de que a mí ahora me vaya mejor también se debe a que yo le muestro al que recién me descubre, una cantidad de material, de discos, música para teatro y para cine, por ahí eso asombra más", reflexiona el músico que no detiene su marcha y que se erigió uno de los más grandes referentes de la canción rioplatense.

Con el aplomo que dan los años y la inspiración intacta, Cabrera sorprende ahora con "Viva la patria", un disco plagado de matices, que logra un concepto más minimalista en cuanto a los arreglos, donde se escucha a una banda afianzada que se ajusta a lo que pide cada pieza.

Aquí, Cabrera asume 15 canciones que, pensadas como una "unidad en sí mismas" -según describe-, le permiten hablar de su hermano, del fallecido amigo fotógrafo y no deja afuera al amor, pero además le dedica un tema al departamento uruguayo de Canelones y otro a los artistas callejeros.

También habla de la historia de su Montevideo natal y hasta se anima a escribir desde la mirada de un feto en "Viva la patria", a la que define como "una autobiografía disparatada: `el loco ya opina antes de nacer`", se ríe.

En "Viva la patria" hay muchas historias...
Sí, es cierto, es algo que a mi mismo me llamó la atención. Los temas son como películas distintas, me gustó eso, no fue a propósito. Además es más narrativo me parece, hay un poco más de cuentito. En general mis canciones tienen herramientas de la poesía, es decir, con pocas palabras disparan en el oyente muchas imágenes. A veces son más cerradas o sea que cada uno puede interpretar cosas diferentes, en cambio acá hay historias.

¿Con qué criterio elegiste estas canciones?
Son las más redondas, las que me pareció que estaban mejor.
No los elegí porque tuvieran una línea. A mí me gustan los discos donde las canciones no se parecen entre sí, para mí la unidad es la canción, me interesa que cada una sea un mundo, esa idea de los discos conceptuales no me llama la atención.

Otra sorpresa es la inclusión de "Hijos de la abundancia", tocada y cantada por su creador, Jorge Galemire.
Es un viejo colega mio que a mi me influyó mucho, es un buen amigo y consejero que estuvo muchos años viviendo en España y un día volvió y me mostró esta canción tipo celta, una maravilla.

¿Cómo vivís el hecho de que tantos artistas canten tus canciones?
No hay nada más lindo para un compositor que un colega haga una canción tuya. Es hermoso. La elige porque le gusta. A mí me emociona, todas las versiones me parecen divinas. Es sincero, todas me gustan, no es que me lo proponga. Todo el mundo hace algo distinto y yo tomo cosas y las incorporo.

¿Cuál es el secreto para mantener la calidad de tu obra a través de los años?
Cada vez me cuesta más componer, una porque se te acotan los temas -ya le escribiste a tu abuela, al barrio, a la novia que te dejó-, y otra porque tenés miedo a bajar de nivel.
Si yo ya hice dos o tres canciones que más o menos están buenas y que la gente tiene en la memoria, y lo digo sin ninguna vanidad, el que va a un recital mío espera que el resto sea como esas. 

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domingo, 6 de julio de 2014

LA PATRIA SE LO DEMANDE

A una década de haber sido invitado a la serie de Luna Park consagratorios de la Bersuit, en donde apareció sólo con una cajita de fósforos como instrumento, y de acompañar el debut porteño de Jorge Drexler, quien lo considera uno de sus maestros, el cantautor uruguayo Fernando Cabrera ha pasado de ser casi un desconocido de este lado del Río de la Plata a ganarse el respeto de sus colegas y la admiración de un público que no deja de crecer. Un mes antes de presentar en el ND/Teatro su flamante Viva la patria, un extraordinario disco con el que responde de manera admirable a la expectativa creada alrededor de su obra, Cabrera confiesa en esta entrevista que se considera onettiano, que su temor es repetirse como compositor, que llegó tarde a Dylan pero que no puede dejar de escuchar tango. y explica por qué nunca le hará una canción al mate, al Carnaval o a la Celeste.
Las canciones de Fernando Cabrera son de las más extrañas y maravillosas del Río de la Plata. Es una obra escarpada, hecha de desolación y quiebres, con múltiples pliegues. Una obra que suele provocar desde una ironía que hoy se condensa primorosamente en su último y extraordinario disco ya desde el título: Viva la patria. Así, en minúsculas y sin signos de admiración. ¿Qué nos quiere decir Cabrera con esta frase? En un cuarto de hotel en Palermo, en medias de lana y con ojeras de suave jet lag de Buquebús, siempre con esa imagen que pendula entre el beatnik anacrónico y un seminarista tardío, deja caer una palabra también desoladora: “Nada”.
Pero es una respuesta de circunstancia o pura falsa modestia: como esos motores viejos, el mecanismo de Cabrera demora en alcanzar temperatura. Y cuando ya está en funciones, todo lo que dice tiene un sentido. A veces filoso, como su obra; otras amable, como sus maneras. Pondrá bajo su destemplada lente las contradicciones de su Patria con mayúsculas, algunas claves de su música, la añeja obsesión por la tríada Onetti, Borges & Hemingway, la poesía, Jaime Roos, Luis Suárez, el estudio del tango como una de sus obstinaciones más perdurables, la historia y su posición ante los lugares comunes del canto uruguayo –el fútbol, el mate, la murga–, que en Buenos Aires son idealizados.
¿Qué nos quiere decir entonces Fernando Cabrera, este raro cantautor que hace quince años era un perfecto desconocido por estos pagos? Mucho está en Viva la patria. Pero él va más atrás y comenta, como para darle un contexto a la entrevista y para delinear la parábola que atravesó hasta llegar a lo que es hoy, uno de los artistas más lúcidos e inquietantes de esta región: “Debo confesar que me mortificaba bastante que no se me reconociera. No es que ahora sea masivo, para nada. Pero siento un reconocimiento, y me hace bien. Para mí es significativo. Se sumaron minorías de ciudades de Argentina, un poco rebotó en mi país. Lo mío nunca va a ser masivo: eso ya lo resolví internamente y me saqué un peso de encima. Yo hago lo que hago, y el resto es inmanejable. Mi destino fue trazado fuera de toda lógica industrial y comercial, fuera también de la lógica de los gustos populares”.
¿Cuál sería la lógica de los gustos populares?
–Mirá, vos sabés que en mi trabajo no tengo canciones al fútbol, ni al mate, ni canciones a la murga, ni con ritmo de murga, ni canciones que hablen de personajes del carnaval... Esa temática no forma parte de mi interés. Yo podría haberle hecho una canción a la Celeste, una canción al jugador Fulano o dedicarme a la retórica del Carnaval. Y no puedo y no quiero. Tal vez eso ayudó a la no visibilidad. Nunca lo hice porque no lo siento, porque no es una prioridad ese subrayado de ver cómo somos, qué somos. Es propio de una aldea, de un país con complejo de inferioridad.

LO BUENO Y LO PEQUEÑO

El sentido de Viva la patria se va revelando a medida que Cabrera expone su tensión con la caricatura de lo que representa Uruguay. Una tensión que, como todo en él, tiene más dobleces que un origami. Como sea, aun detrás del tamiz de la incorrección, se advierte en Cabrera el amor por su país. Su obra, finalmente, está hecha con los materiales nobles de ese amor que en él se completa con la pasión por la historia uruguaya, otro objeto de estudio. El disco tiene mucho de observación de rasgos del Uruguay profundo ya desde el tema que lo abre: “Canelones”: “De arriba parece un laberinto / qué lápiz lo supo dibujar / hay tantas fronteras en tu casa / de tierra, de arroyos y de mar”, comienza. Es un relato casi geográfico de ese departamento, un GPS descriptivo con olor a campo. “Caminos en flor” está dedicado a los artistas callejeros, y el blues melancólico “Fotoestudio” –uno de los puntos altos del disco– parte de un día de calor en 18 de Julio, pleno Montevideo. Ese mismo sujeto que camina la avenida es el que reflexiona sobre el devenir de los cines en templos evangélicos y estacionamientos en “Cine religión” y, tal vez, el que baila la deforme “Futura cumbia”. Y así. Pero hay un tema, el que le da título al disco, que opera como mascarón de proa. “‘Viva la patria’ es seguramente el más autobiográfico”, dice.
¿Por qué?
–No es autobiográfico de manera estricta porque tiene toques medio surrealistas, delirantes. Hay muchos recuerdos: mi padre, cosas que yo escuché de niño, la fábrica de ladrillos, barrios. Habla de hospitales como el Canzani y el Pereira. El disparate viene cuando le doy voz cantante a un feto, que se pone a contar desde la panza de la madre y dice que está bien, que le gusta el hospital, y después aparecen patrulleros y bomberos. Cuando terminé la letra no sabía qué ponerle y escribí, como título provisorio, “Viva la patria”. Y quedó. Un poco por pereza, el tiempo fue pasando y no modifiqué nada. Después decidí que así se iba a llamar no sólo la canción sino el álbum. Me gustó la frase, es abierta, te deja interrogantes, es coloquial. Me pareció muy funcional como título.
Es un título disparador...
–Sí, una excusa para reflexionar sobre un país. Así como te dije lo de la aldea, te quiero aclarar que no podría vivir en otro lugar que no sea Uruguay. Por muchos motivos. La pequeñez tiene un costado negativo que es la chismografía, la envidia, el señalamiento, el techo bajo: al que crece le dan un martillazo, porque nadie quiere reconocer que el vecino creció. Pero hay una parte positiva amplísima. Uruguay me parece increíble para vivir. No en vano desde hace varios años hay una corriente de tipos cómodos, jubilados de guita de Alemania, Dinamarca y otros países que se van a vivir a Uruguay. No se enamoran sólo de la ciudad o la playa. Es también por nosotros, por el trato, por la arquitectura, el clima, el mar, la forma que hay de relacionamiento, que es bastante democrática. Es un lindo país, es lindo el aire que se respira, es linda el agua. Voy a cosas bien básicas: abrís la canilla y tomás la mejor agua del mundo. Y una cuestión fundamental: conserva todavía algo de su gloriosa clase media.
Ese es tu “Viva la patria”.
–Sí. Nuestro país desde principios del siglo XX formó una notable clase media, con un Estado muy presente en la investigación, en la educación, en la cultura, el deporte. Hoy está muy deteriorada, pero esa gente que tenía un buen sueldito compraba libros, tenía un piano en su casa, iba al cine, al teatro. Yo soy hijo de esa clase media.

TUS ZONAS OSCURAS

A los trece años, Fernando Cabrera tuvo una epifanía. Tocaba en el colegio, en los cumpleaños, en los fogones. Estudiaba guitarra. Un día se preguntó: “¿Por qué no me largo a hacer una canción propia?”. Entendió que la letra era tan importante como la música, y por primera vez tomó un libro para que lo nutriera de palabras e ideas. Ese libro fue el Martín Fierro de José Hernández. Fue su primera lectura, y no es la única marca de la cultura argentina en su formación. Hoy se pueden advertir rasgos criollistas en varias canciones, y cierta impostura de payador. En Viva la patria hay hasta una huella sobre la historia de su pago (“La huella de Montevideo”) y por ahí aparece el Viejo Vizcacha. Pero entonces el Martín Fierro fue apenas un punto de partida. “Yo cumplí los 13 en un año alucinante como fue 1969. Estaba todo el universo folklórico argentino, todo Brasil, Almendra, Los Olimareños, Rada, Mateo, Los Shakers, Zitarrosa, Los Beatles y todo el rock anglosajón. El esplendor de la música popular. Yo sentí que, a pesar de las torpezas de mis primeros temas, podía ofrecer al cancionero de mi país algo distinto, propio. Empecé a tener rigor. Hasta hoy, que tengo canciones que demoran años en ser terminadas. El rigor puede ser un rasgo obsesivo, pero así funciono.”
¿Cuáles creés que son las claves de tu cancionística?
–No lo pienso mucho, pero una consciente puede ser dejar líneas abiertas, pistas, para que las complete el oyente en la cabeza. Es la teoría del iceberg que planteaba Hemingway: lo que se lee es la novena parte de lo que hay debajo. Yo lo aplico en las letras, pero también en la música. Me da un trabajo bárbaro. En vez de hacer un acorde entero, dejo una nota libre para que el que oye imagine el resto. Es como una sugerencia. Con las letras, igual. Y, siempre, la síntesis: si una idea original te lleva veinte palabras y la podés pulir hasta resolverla en dos palabras, mucho mejor.
En este disco incluiste “Después del muelle”, que integra la banda de sonido del documental Jamás leí a Onetti, de Pablo Dotta, sobre la vida del escritor. Se respira un espíritu onettiano en tu obra.
–Tengo tres escritores que he leído de pe a pa. Todo: obras completas más todos los ensayos que se han escrito sobre ellos. Esos escritores son Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges y Ernest Hemingway. Fui fanático, mal. Y sí, soy onettiano. Y te aclaro una cosa: se habla demasiado de las atmósferas de Onetti, de esos personajes derrotados. Pero a mí lo que me deslumbró es cómo escribía. Me enamoró su prosa, es un placer técnico el que siento cuando lo leo. Respecto de lo mío, reconozco que mi obra tiene zonas oscuras, que trata de meterse en los vericuetos de la mente humana, que puede ser retorcida.

CANCIONES PROPIAS

En su casa en Montevideo, Fernando Cabrera tiene una radio con el dial clavado en el 580. Es Radio Clarín, que emite sólo tango. La imagen es de otro siglo. Cada hora par pasan media hora de Carlos Gardel. También hay horarios especiales para la música de Aníbal Troilo y de otros directores como Francisco Canaro. En este mismo instante, Cabrera está enfermo de Canaro. No puede parar de escucharlo. Hace años que está profundizando en el tango antiguo y ofrece detalles de su conocimiento que marcan el nivel de su zambullida. Entonces, a los 57 años, se sienta frente a la radio como un niño a la hora de la leche y escucha una y otra vez a Gardel, a Troilo, a Canaro. “A Canaro tenés que dedicarle la vida. ¿Sabés cuántas grabaciones dejó? Unas siete mil. Gardel, que grabó mucho, tiene casi mil. Canaro, siete mil, ¿entendés? Andá a editarlo en CD. A 15 temas por CD ponele. ¿Cuántos discos tenés que sacar? El tango es una locura.”
Cabrera va a fondo con todo, se mueve bien en las aguas negras de tan profundas. Su temperamento no admite el conocimiento epidérmico. Es como un asceta que no descansa hasta llegar a la médula. Después de haber entrado por la puerta grande de la música de la mano de Jorge Lazaroff, después de haber tocado y grabado con Eduardo Mateo, en fin, después de un tránsito subterráneo y minucioso donde su música encastraba con su aura de maldito –esas metáforas áridas que pueden hasta causar incomodidad y dolor–, se transformó –como diría Palo Pandolfo– en un “títere en la luz”. Lo ayudaron Jorge Drexler, la Bersuit, Liliana Herrero y varios más, pero básicamente lo ayudó la hondura consecuente de su arte. Hoy, que se transformó en héroe de los cantautores melancólicos, se desmarca. “No voy a ser tan gil de caer en la trampa de hacer lo que se espera de mí. Este disco, por caso, lo siento una continuación sonora de Canciones propias, que fue un disco de versiones y homenajes, puro placer de rescatar autores perdidos que yo cantaba cuando era niño. Un placer que me quería dar que, incluso, no sé si fue bueno para mi carrera discográfica. Si bien no eran canciones mías, la fórmula de los arreglos, el toque y el canto tienen que ver con Viva la patria. Hay una unidad musical. No sé bien qué, pero lo próximo que haga va a ser totalmente diferente.
¿Tenés alguna idea?
–Vaga. Capaz que agarro para otro lado y lo grabo yo solo con la guitarra. Tengo dudas: si hacer un disco en el que yo grabe las violas y después regrabar una segunda guitarra y cantar, más tipo Mateo solo bien se lame, o como el primero de Paul McCartney, el que grabó en la granja. Vamos a ver, tal vez después me arrepiento de todo.
Es curioso que, barajando próximos trabajos, no pienses en el tango.
–Me encantaría. Tengo fantasías, y algo de miedo. Pero sí, lo voy a hacer alguna vez. Ya tengo imaginados arreglos, versiones y una lista de tangos que me interesaría cantar. Va a sonar diferente, a cualquier cosa menos tango. Ya me voy preparando para que me den con un fierro. Pero bueno, es así. Hace poco me saqué el gusto de cantar con la Orquesta Victoria, que sigue la línea decareana. Y ahora vamos a homenajear a Troilo por los cien años de su nacimiento. Voy a cantar “Garúa” y “Barrio de tango”.
¿Qué sentido le encontrás al tango hoy?
–Para mí está muerto. El tango fue un milagro. Sé que suena antipático, pero el tango responde a otra época. Creo que terminó de morir cuando murió Julio Sosa, por ahí. El empujó un poco más, estiró la agonía. A partir de los ’50, la juventud empezó a tener otras formas para manifestarse. Pero bueno, tiene unos 60 años de vida increíbles. Ya a principios de siglo XX estaba todo definido. Escuchás las primeras grabaciones de Canaro, de Firpo, de Cobián, y es de una originalidad conmovedora. Y después viene Gardel, que es el Aleph, y ni hablar de sus guitarristas. Inventan cosas que no existían: el fraseo, las métricas, las rítmicas, cómo acentuar. Las típicas, los formatos más reducidos. No tenemos una comprensión cabal de lo que se ha hecho musicalmente con el tango en este rincón del planeta. Te repito, un milagro.

MORDER EL POLVO

Como un escultor que saca para descubrir, Fernando Cabrera ha hecho del desmalezamiento un estilo: apunta a un núcleo. Esa actitud desnuda la impostura que cabe en un género –no tiene nombre, habrá que decir ampliamente “canción rioplatense”– que supo cristalizar una sensibilidad cuyo mayor peligro sigue siendo el artificio. Lo que estremece en Cabrera es su verdad. Esa verdad caló en músicos variados. Así como Jaime Roos marcó en los ’90 a una generación de rockeros que se vieron seducidos por las posibilidades de la murga, la milonga y el candombe –el rock & roos–, Cabrera influyó a una camada que vislumbró en él una especie de síntesis uruguaya. ¿Qué son, si no, temas de una solidez desarmante como “La casa de al lado”, “Te abracé en la noche”, “Dulzura distante”, “El tiempo está después”, “La balada de Astor Piazzolla” o “Viveza”? Pura síntesis de la más elevada tradición cancionística rioplatense, de Mateo a Darnauchans, de Maslíah a Drexler, en el arco que va de la pintura de costumbres del Mercado del Puerto (“Viveza”) a la más tremenda canción de despedida (“Te abracé en la noche”), pasando por el flashback onírico de “La casa de al lado”.
En el juego de postas en el que se desarrollan las músicas populares, es extraña la poca o nula relación entre Cabrera y Jaime Roos. “Jaime es un capítulo importantísimo en toda esta historia. Está en el Olimpo de la música uruguaya, sentado al lado de los grandes. Lo que Jaime hace es increíble, de una lucidez tremenda”, dice.
¿El hecho de que no tengan relación tiene que ver con aquello de la aldea?
–Tal vez sí. Pero no quiero entrar en detalles. Tendría que dar una serie de explicaciones que pasan a un terreno privado, personal... Lo que te puedo decir es que no siempre hay empatía o simpatía entre colegas. Vos podés trabajar en una oficina junto a dieciocho más y lo más probable es que a dos o tres los odies, te caigan mal. En cualquier ámbito: en un plantel de fútbol son 22 y con uno no te llevás. Mirá Tevez...
En este julio, el fútbol está en todos lados. Para hablar de Jaime Roos, Cabrera llega a Carlos Tevez. Pese a no incorporarlo como temática de sus canciones, Cabrera se reconoce futbolero. Supo jugarlo en la calle, es hincha de Nacional, iba al estadio y fue inoculado como todo niño charrúa por la leyenda del Maracanazo. “Me gusta verlo, pero ya no soy ‘el’ hincha. Puedo tomar distancia.”
¿Qué te pasó con el caso de Luis Suárez?
–Me irritó mucho. La ceguera que hay en mi país con el caso de Luis Suárez es penosa.
¿Para tanto?
–Es la no aceptación. Es tirar la piedra y esconder la mano. La no aceptación debe rondar el 99 por ciento de la gente. Toda la prensa, todos los periodistas, todo el pueblo salió a defenderlo. En el aeropuerto lo recibieron como a un héroe. No sé, en el fútbol hay ciertas actitudes violentas que están contempladas. Si en un corner metés un codazo, forma parte del fútbol; si vas a una pelota dividida y ponés la pierna un poco más arriba, igual. Ahora, morder... No en el fútbol: en cualquier ámbito es un acto de salvajismo. ¿Cómo no va a ser castigado así? Capaz que se zarparon, pero, ¿qué esperabas?

EL DIA MAS TRISTE

Suena el celular, y Cabrera da detalles del viaje Montevideo-Buenos Aires como quien cuenta un castigo. Es temprano. La voz se escucha cansada. Esa voz es un viejo tema para él. Ya lo dijo en la canción autoparódica “Críticas”, que acaba de versionar la orquesta El Arranque: “Mis canciones son cerradas / mis pasiones son erradas / qué porvenir. / No me sobra simpatía / ni me falta melancolía / que canto mal. / Voy ajeno por ahí / sin patrimonio, sin heridas / elemental”.
¿Por qué pensás que cantás mal?
–Hay dos aspectos: la expresividad y el timbre de voz, que es invencible. No me gusta mi timbre de voz. Sí cómo canto: considero que con los años he mejorado como cantante. Estoy satisfecho con la manera de colocar la palabra, con el fraseo, la métrica del canto, la afinación. Una de las cosas buenas de la vejez es que me agravó el sonido de mi voz. Cuando era joven tenía una voz de coyote asesino.
Cabrera no lo dice, pero aspira cada vez más hacer músicas más allá del formato canción. Su oreja siempre estuvo atenta a diversas exploraciones. Cuando se metió con Los Beatles, ancló en “Tomorrow Never Knows”; con Mateo quedó atónito ante sus invenciones rítmicas; y aún hoy escucha con atención discos muy específicos de Beck y Radiohead. De sus amados y estudiados Tom Jobim y Astor Piazzolla destaca los hallazgos armónicos y rítmicos más que las canciones; o, mejor dicho, además de las canciones.
¿Es así?
–Sí, pero no creas que subestimo la canción. Yo descubrí a Bob Dylan tardíamente. Cuando me puse a escucharlo y a leer sus letras, casi tiro todo lo que yo había escrito a la basura. Sentía que estaba robando la guita.
¿Y ahora?
–Creo que la canción es un ámbito amplio. Ahí adentro podés hacer catarsis, podés reflexionar, podés manifestar dolor, angustia y felicidad. El otro día me preguntaba: ¿qué voy a hacer cuando se me vaya la inspiración, cuando se me corte el chorro? Un día va a ocurrir.
¿Qué te respondiste?
–Que va a ser el día más triste de mi vida. Encontraré consuelo en contemplar lo que hice. Prefiero eso a repetirme. Me da terror repetirme, que nadie me avise, que yo no me dé cuenta.
El rostro circunspecto muta: Cabrera sonríe. Agarra la tapa de Viva la patria y repiquetea con sus dedos sobre el cartón. “A lo mejor ese momento llegó. Me repito y no me doy cuenta y nadie me avisa.” Más allá de la probable ironía, por primera vez las palabras de Fernando Cabrera suenan vacías.
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Mariano del Mazo

viernes, 4 de julio de 2014

Fernando Cabrera en LA TRASTIENDA (MDEO)



                                        18 de Julio- 21 hrs

General: $300
Mesas laterales: $350
Mesas, filas 5 a 7: $400
Mesas, filas 1 a 4: $550
Platea preferencial: $700