Octubre 3 - Lanzamiento del libro Mudanca/Mudanza en S Pablo, Brasil
Octubre 4 - San Pablo , Brasil, SESC Belenzinho
Octubre 6 - Porto Alegre, Brasil - Santander Cultural
Octubre 12- La Plata, Arg - FIFBA
Octubre 23- Santiago de Chile, Chile- Liguria
Octubre 25- Santiago de Chile, Chile- Museo MAVI
Octubre 26- Santiago de Chile, Chile- Pque Bicentenario
miércoles, 11 de septiembre de 2013
martes, 10 de septiembre de 2013
Fernando Cabrera estrenó "Viva la Patria" en el Sodre
La primera palabra que puede definir la actuación que realizó Fernando Cabrera el sábado en el Auditorio Nacional Adela Reta es prolijo. La puesta en escena fue coherente con esta cualidad -tres paneles al fondo con hilos entrelazados sobre los que caía una luz cálida- y también la vestimenta del cantautor y sus cuatro músicos elegida en tonos grises.
Esta simetría, buen gusto y sobriedad puede trasladarse al material presentado y a la forma en que éste fue desarrollándose en vivo. Fernando Cabrera diseñó el espectáculo de forma calculada, con una banda que tiene muchas horas de ensayo y con las introducciones a las canciones perfectamente narradas.
El profesionalismo del cantautor llegó a niveles que solo décadas de experiencia pueden otorgar, y en un momento en el que hace mejor manejo de su voz y de los tiempos escénicos. El show empezó con Imposibles, uno de sus grandes clásicos, pero tuvo su eje en Viva la Patria,un disco que acaba de salir a la venta y que la mayoría escuchó allí por primera vez.
Como trovador recorrió todas las temáticas posibles en el material que a pesar del título no es un canto patriótico ni mucho menos. Pero sí es un muestrario de sus inquietudes e intereses. Cabrera es un amante de la historia y por eso su relato sobre el proceso fundacional de la ciudad al presentar La huella de Montevideo resultó tan ameno y preciso. En realidad se valió de una "anécdota" y de un personaje al que dio calidad cinematográfica: Pedro Gronardo, el práctico del Río de la Plata que alertó a Bruno Mauricio De Zavala al ver a un grupo de portugueses instalándose en estas tierras.
El repertorio estuvo plagado de letras inspiradas en situaciones reales y ficticias. Se inspiró en su hermano, en un amigo fotógrafo fallecido, rescató La balada de Astor Piazzolla y le dedicó una canción a los artistas callejeros (Caminos en flor). También, con poesía, criticó a los cines que se convirtieron en estacionamientos o en iglesias pentecostales (en Cine religión) sin agregar una línea extramusical, y habló del dolor que provoca la primera ruptura amorosa (La vida recién comienza). Cuando abordó esta última acompañado solo por Herman Klang en el sintetizador, Cabrera alcanzó su punto más alto como intérprete. Conmovedor y sencillo emitió las frases casi como si estuviera en la audición para un papel dramático. El mensaje llegó y emocionó a todos.
La banda que lo secundó está integrada por músicos experientes que han tocado con muchos otros solistas uruguayos. Sin embargo, están perfectamente ensamblados al estilo de Cabrera y al servicio de su lenguaje. Esta vez el cantautor usó una guitarra prestada."Sí, prestada", dijo en tono humorístico mientras se encogía de hombros. El instrumento era propiedad de Emiliano Brancciari de No Te Va Gustar. El lazo está establecido porque actualmente está finalizando la composición de la música para la película documental del grupo que se estrenará este año.
Jorge Galemire participó como invitado, con quien creó Hijos de la abundancia.
El autor de Trigo y plata además hizo su propia versión de Punto muerto.
Aunque ya no resulta novedoso, Cabrera sigue hipnotizando a la platea cuando canta Viveza mientras utiliza una cajita de fósforos como instrumento de percusión. Entre el público se encontraba Ruben Rada. En los bises llegaron otros clásicos como El tiempo está después y Por ejemplo. Un verdadero lujo.
Alejandra Volpi
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lunes, 9 de septiembre de 2013
Fernando Cabrera y su nacionalismo
El cantautor presentó en el auditorio del Sodre su nuevo disco Viva la patria
Desde hace por lo menos un par de discos atrás que Fernando Cabrera demuestra en cada canción su obsesión por Uruguay. Por su historia, por algunos de sus protagonistas, y también por su presente. De esa contemplación del paso del tiempo en esta penillanura salen las canciones que se agrupan de manera aleatoria en sus discos, porque pertenecen a un mismo corpus.
Cabrera presentó el sábado en el Auditorio del Sodre su último trabajo, titulado Viva la patria, y todo lo del párrafo anterior afloró de nuevo. Más allá del consabido grito, hay que entender esta expresión en su sentido literal: para Cabrera la patria está viva. ¿Dónde? En los hospitales donde nacen los uruguayos. La letra de la canción que da nombre al disco habla de vientres, de derroteros vitales, de calles de la ciudad donde lo parieron a él y a “otros tantos más”, a quienes ahora les canta.
Cabrera revuelve el limo de la historia, colonial primero, oriental después, para desembocar en lo uruguayo, “el Uruguay de los iguales”, fruto de múltiples cruces con inmigrantes con que denomina el tiempo en que nació.
Salta las murallas de la capital y compone Canelones, otra canción que es un gran poema musicalizado. “Convive la nueva maquinaria/con montes que nadie atravesó/con gente que araña con sus bueyes/la tierra que más me alimentó”, dice la letra.
Y desde allí, salta de nuevo al tiempo, que ocupa toda la geografía. Con una anécdota del español Pedro Gronardo, el primer práctico portuario de la bahía allá por 1724, compuso La huella de Montevideo. En Cine religión le canta a las viejas salas convertidas ahora en iglesias.
Cabrera presentó el sábado en el Auditorio del Sodre su último trabajo, titulado Viva la patria, y todo lo del párrafo anterior afloró de nuevo. Más allá del consabido grito, hay que entender esta expresión en su sentido literal: para Cabrera la patria está viva. ¿Dónde? En los hospitales donde nacen los uruguayos. La letra de la canción que da nombre al disco habla de vientres, de derroteros vitales, de calles de la ciudad donde lo parieron a él y a “otros tantos más”, a quienes ahora les canta.
Cabrera revuelve el limo de la historia, colonial primero, oriental después, para desembocar en lo uruguayo, “el Uruguay de los iguales”, fruto de múltiples cruces con inmigrantes con que denomina el tiempo en que nació.
Salta las murallas de la capital y compone Canelones, otra canción que es un gran poema musicalizado. “Convive la nueva maquinaria/con montes que nadie atravesó/con gente que araña con sus bueyes/la tierra que más me alimentó”, dice la letra.
Y desde allí, salta de nuevo al tiempo, que ocupa toda la geografía. Con una anécdota del español Pedro Gronardo, el primer práctico portuario de la bahía allá por 1724, compuso La huella de Montevideo. En Cine religión le canta a las viejas salas convertidas ahora en iglesias.
En Fotoestudio hace un sentido homenaje a un amigo fotógrafo. EnMedianoche le canta a su caballo. En Buena madera, a un carpintero. Así, sobre el escenario se formó una troupe de personajes y anécdotas que llenaron el oído y la imaginación.
Bien se puede argumentar que la letra está en primer plano en estas canciones, y el acompañamiento musical (de calidad, sutil y con excelentes ejecuciones por parte de la banda) estuvo en segundo plano. Cabrera desplegó sobre el mantel, antes que nada, sus dotes de poeta. Sí hay en muchos casos una búsqueda de reflejar esos textos con ritmos folklóricos que se hunden en las tradiciones del Plata; sí está el “toque Cabrera” de electrificar una huella o un escondido. Pero las palabras son las que obligan la atención y la tensión, imágenes que evocan objetos que de pronto se vuelven extraños y nuevos por el término que los acompaña, y son ellas las que ocupan la preeminencia.
Los momentos más emotivos del show fueron los que creó él solo, con su guitarra o incluso solo con su voz, produciendo una intimidad elocuente en un espacio tan grande como el auditorio. El artista invitado fue Jorge Galemire, con quien cantó Hijos de la abundancia. Cabrera culminó el recital con un medley de sus clásicos, con la coda de El tiempo está después. Pero durante toda la noche estuvo diciéndonos que el tiempo, en realidad, está antes.
Bien se puede argumentar que la letra está en primer plano en estas canciones, y el acompañamiento musical (de calidad, sutil y con excelentes ejecuciones por parte de la banda) estuvo en segundo plano. Cabrera desplegó sobre el mantel, antes que nada, sus dotes de poeta. Sí hay en muchos casos una búsqueda de reflejar esos textos con ritmos folklóricos que se hunden en las tradiciones del Plata; sí está el “toque Cabrera” de electrificar una huella o un escondido. Pero las palabras son las que obligan la atención y la tensión, imágenes que evocan objetos que de pronto se vuelven extraños y nuevos por el término que los acompaña, y son ellas las que ocupan la preeminencia.
Los momentos más emotivos del show fueron los que creó él solo, con su guitarra o incluso solo con su voz, produciendo una intimidad elocuente en un espacio tan grande como el auditorio. El artista invitado fue Jorge Galemire, con quien cantó Hijos de la abundancia. Cabrera culminó el recital con un medley de sus clásicos, con la coda de El tiempo está después. Pero durante toda la noche estuvo diciéndonos que el tiempo, en realidad, está antes.
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jueves, 5 de septiembre de 2013
El don de la muerte
Un compañero de clase en los primeros años del liceo sabía
tocar violín, que le hacían estudiar de chico, pero lo que más le gustaba era
cantar. Cantar apretando algo como la pera no es tan fácil y me propuso
acompañarlo con una canción de Serrat de moda por aquellos tiempos. La cuestión
es que con él finalmente podría intentar tocar el tema de Los Beatles “I m only
sleeping”, compuesto por John Lennon y que tenía un sonido enigmático y
encantado producido por una guitarra eléctrica – supe después- grabada al
revés, y mi idea era imitar con el violín ese sonido.
Muchas tardes de aquel invierno sometí a mi amigo y mi elepé
REVOLVER al encadenamiento interminable: una y otra vez la púa volvía del final
al principio del tema; y el combinado, a válvulas, con un parlante de 12
pulgadas excelente, emitía con fidelidad perdida la introducción, la voz nasal
y acerada, el bostezo de John intermedio entre dos estrofas , sobre el riff simple y seco de Paul.
En aquella época
había , no recuerdo el nombre ni
la radio, un programa nocturno sobre Los Beatles y a él me dirigí por teléfono
para ver si podrían conseguirme la letra del tema. Creo que era Elías Turubich
el conductor y el propietario de un fabuloso libro encuadernado en origen
incierto, que luego de muchas páginas ilustradas con fotos desconocidas para
mí, tenía todas las letras de todos sus discos.
Copié la que buscaba y me fui, con la sensación de que aquel
entorno entre bullicioso y despreocupado no era el que yo imaginaba para un
programa de radio; y con una rabiosa envidia de aquel libro.
Leyendo ese idioma inaccesible y oyendo la fonética ilógica
frente al tocadiscos, fui ensayando lentamente, repitiendo mil veces, hasta
sentir la irrealidad de pertenecer a ese tema. Hubo un día finalmente, no sé si
en el hall de algún liceo o en una kermese de colegio cercano, en que
conseguimos tocar, decorosamente para mis exigencias de hace veinte años, “i m
only sleeping”, con Roberto en violín y yo en guitarra folk y voz.
Lennon no había muerto, era solo 1971, la vida no era lo que
hoy, y había que tomarse la música como eso, música, algo inalcanzable, algo de
otros: algo que estaba después del
fútbol, después de los libros, de la rutina; un sueño.
Nueve años después, una mañana de diciembre, un ser querido me sacudió con una
noticia difícil de clasificar: era simplemente mala? Era desagradable? Inoportuna, triste, histérica? La noche
anterior había sido inusualmente feliz y hermosa, llena de amigos, emociones y
canciones. Tan rápidamente la vida se hacía presente, con su disfraz de
costumbre, hiriendo, pegando absurda, sin lógica? Con lógica? Habían matado confusamente a John, aunque atiné a no
creerle a quien me lo informaba.
Hoy pienso en la terrible desazón de los deportistas, que
deben abandonar su actividad, que es también la mayor pasión de sus vidas, muy
tempranamente para luego sobrevivir hasta la vejez y la muerte rodeados de
recuerdo e impotencia. Pienso en Paul, con su inocente vanidad, en Ringo, en
George. Alcanzaron la gloria y la plenitud artística antes de los treinta años
y pronto supieron que no repetirían aquello nunca más, y faltaban cuarenta para
vivir. Entonces veo el asesinato de John como una bendición, como un don que le
tocó en suerte, una suerte inmensa que él mereció con creces. Lo que tenía que hacer ya lo había hecho. No
tan pronto como James Dean o tan tarde como Dalí, lo mejor que podía pasar era
morir.
Fernando Cabrera
Brecha 8/3/1991
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Lennon
martes, 3 de septiembre de 2013
domingo, 1 de septiembre de 2013
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