viernes, 15 de noviembre de 2013

El tigre de la luna

Eduardo Darnauchans. Estabas en la cama, una cama doble, ocupando con libros que ocupaban el sitio de otro ser. En la cama con la gabardina gris de un tiempo sin moda. Qué sentido tiene vestirse con los uniformes de cualquier hoy, de cualquier presente que vaya llegando? Un gris largo Batlle y Ordóñez sitio en  en tu espalda pálida. Vos estabas disfrutando una gripe ni leve ni grave recibiendo a este amigo y visitado por una verdadera e ingenua, tal vez pajuerana, muchacha, que quería estudiar o saber literatura. Quién sabe qué haría ella después con ese bautizo bajo el brazo.
Eduardo Darnauchans maleaba en este modesto aprendiz de principiante los mismos trucos infalibles de hace ocho años cuando me iniciabas con cartas-postales, incluso perdidas- en esta alquimia (perdón) feliz de fabricar canciones, de zurcir. Ahora es miércoles, telón negro, caras conocidas, bellas caras que te han acompañado todos estos años, caras que a veces pasan largos meses estiradas, haciendo muecas, agrietándose en los costados de los ojos. La luna de algunas veces tiene surcos, cosechas, tiene escuela de oficios en donde tú diriges los cursos con regla sabia. No me importan ni alimentan tus sudores Eduardo Darnauchans, Igual que tu padre obsequiando alivios. En este momento soy testigo de tu hechizo y se me ocurre que tu público es el mismo que el de algún hipnotizador porteño. Yo me quedo con tu vida, tu indiferencia ante tu vida, tu dejarte ir ante tanto Uruguay. Ahora es miércoles y yo escucho y veo una supuesta actuación tuya en el teatro. Un teatro embellecido por la presencia de una mujer llamada Nancy. Querido demiurgo: tuyo yo también medio urgo en el infinito. Una común amiga solicitó estas lineas. Obedezco. Darno, no importa que haigan Uruguayos: estás vos y esas caras bellas que te siguen.
Fernando Cabrera
1989

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