sábado, 5 de febrero de 2011

Versiones propias



Hace 35 años que su música cosecha adeptos. Fernando Cabrera se sube al escenario los jueves de febrero en Guambia y se versiona a sí mismo.

Por: Ximena Aleman

Cabrera está viejo. Las canas se asoman en las cejas tupidas. Y él, que sigue flaco y chiquito, mira el tiempo. En la bisagra del presente, donde vive, faltan amigos y sobran canciones. El tiempo está después… pero ahora también está antes.

Hay canciones viejas, canciones nuevas, canciones reversionadas y canciones apropiadas. El espectáculo que brindará todos los jueves de febrero en Espacio Guambia promete atestiguar los placeres de la edad que él no menciona: la trayectoria y el prestigio de los años.

-¿Qué vas a hacer en Espacio Guambia?

-Voy a hacer cosas raras. No es el disco que acabo de sacar, es otro repertorio de canciones mías, que no hago desde hace años, de un período más eléctrico. No quiere decir un regreso a las estética de los ´80. No quiero volver a sonar como en esos discos. Se trata de recuperar algo que yo dejé de hacer, que tiene que ver con la sonoridad: el dúo de las guitarras eléctricas. Dejar el perfil jazzístico acústico que yo había tenido en los últimos años y recuperar el diálogo de la dos guitarras eléctricas haciendo lo suyo. Voy a hacer canciones que hace mucho que no hago porque eran rockeras o precisaban esa atmósfera a la que ahora quiero volver. Canciones que el público me pide y que yo hace 15 años no hago. Canciones de Autoblues, de Buzos Azules y de El tiempo está después.

-¿Esas canciones las vas a tocar como las tocabas antes?

-No, por algo pasan los años, yo ya cambié también. No soy el mismo, pero va a haber una energía eléctrica que en los últimos años no empleaba. Estaba en un rollo más acústico, en otra dinámica. Ahora quiero volver a tocar con esa fuerza y recuperar temas de ese período. Y también vamos a hacer muchos estrenos de temas completamente nuevos que nunca se editaron. Tengo mucho material atrasado, canciones nuevas. Mi último disco original, Bardo, es del 2006 y todos estos años se me acumularon pila de canciones porque afortunadamente sigo escribiendo. Me da vergüenza, porque van a decir que estoy mintiendo, pero son como 100 o 120 canciones. Algunas las voy a meter en Espacio Guambia y van a ir para mi próximo disco que calculo que va a ser por lo menos doble. Todo con una sonoridad distinta. Estoy muy entusiasmado.

-¿Vas a hacer con tus canciones lo que hiciste con las canciones de otros en tu último disco, Canciones propias?

-Sí, eso mismo. Es natural, en mí y en todo músico. No me propongo hacer un arreglo diferente, pero yo soy otro, toco distinto, pienso distinto. Pasaron 15 años... Mi cabeza arreglística es otra. Entonces no hace falta que cuando agarre una canción me proponga cambiarla, algo naturalmente le voy a cambiar. No es una propuesta racional. Igual que este disco mío. No es que me propuse rescatar y todo ese rollo arqueológico… No, son canciones que a mí me encantan, que me las puse a cantar. Y chau.

-¿Cuál es la función de un arreglo en la canción?

-Con el tiempo se ha modificado la razón de ser del arreglo. Hasta hace unas pocas décadas existía un oficio que era el de arreglador, que funcionaba en todo el mundo, en todos los géneros musicales. El arreglador orquestaba. Inventaba todo lo que se escuchaba atrás del cantante y escribía todas las partituras. Ese oficio me encantó desde niño, y en mi juventud quise ser eso. Ni me imaginaba que iba a ser cantautor. Tenés que dominar la orquestación porque cada instrumento se escribe diferente, es un mundo misterioso de vientos y maderas. Todo es una cosa muy engorrosa que hay que estudiar. Aparte te exige tener una linda ductilidad porque cada cantante que requiere tus servicios es un mundo distinto. No es lo mismo hacerle arreglos a Mercedes Sosa, que a Alejandro Lerner. En los últimos años ese oficio dejó de existir, es como la ballena azul o el oso panda: una especie en peligro de extinción. En la actualidad, todo el mundo tiene una banda, ensaya en su garaje, arma todo en la computadora y presentan el producto terminado en la discográfica. Hoy el rock y el pop se manejan de otra forma. Es más autoservice… no sé si eso es bueno o malo: es. Nirvana no llevaba un arreglador. Pero antes Frank Sinatra precisaba un arreglador, Gardel también y cualquiera. Hasta los Beatles tenían a George Martin que era increíblemente original al momento de trasladar pequeños conjuntitos de música instrumental al universo del rock. En las canciones de los Beatles los arreglos nunca se repiten. Yo arreglo mis discos, y en ellos hay un mundo orquestal que aparece. Pero cada vez se requiere menos de esa función. La mezcla esa del mundo académico con el mundo popular hoy en día se ve poco.

-¿Qué te gusta de hacerle los arreglos a una canción?

-El arreglo tiene la emoción. Está el esqueleto, que es la canción, que es la estructura y las vigas, los arreglos son la fachada, las ventanas, los ascensores. No es un mero decorado, porque el arreglo también va por dentro, es esencial, pesa en el espinazo, en la columna vertebral de la canción.

-¿Cómo se da la incorporación de arreglos nuevos a un tema que ya existe?

-La llegada a la versión nueva de un tema se da por más de un canal: puede ser que yo tenga una idea previa rítmica, o una sucesión de acordes que me gusta mucho y encuentro una canción que ya existe que me permite encajar eso. La elijo porque me permite meter esa secuencia que tengo en la cabeza desde hace tiempo y justo calza ahí. Otras veces elijo porque son canciones que amo, que adoro, que me parecen maravillosas y que me emocionan. El disco Canciones Propias lo empecé con una canción de Zitarrosa hace 15 años, después hice la de Anselmo Grau y cuando se juntaron diez o doce temas se me ocurrió que era como para un disco y agregué otras que hice en los últimos tiempos. La de Estramín hace años que la hago. Yo tenía una bajada que pensé que quedaría bien en Morir en la capital, aparte de que me gustaba la idea de tener la presencia de Pablo en el disco.

-¿Qué tiene que tener una canción para que sea buena?

-Es un misterio si lo supiera haría muchas buenas canciones.

-Y El tiempo está después…

-Esa me quedó bien... tuve suerte.

-¿Cómo ha cambiado tu relación con la canción?

-No ha cambiado la actitud espiritual, el coloque. Lo que ha cambiado, es algo de orden biológico. No es lo mismo tener 22 años que tener 54, ni física, ni mentalmente. Y la juventud tiene el arrojo, la confianza en sí mismo, el querer demostrar. Eso implica coraje, atrevimiento, que luego a los 50 años no lo tenés. No porque lo hayas perdido sino porque ya pasaste esa etapa y te volvés más cerebral. También tenés algo que es la experiencia, el aprendizaje. Ahora, el enfoque sicológico frente a una nueva canción, la actitud no ha cambiado. Es la misma magia, la misma maravilla, la misma emoción. No puede haber nada más lindo. Afortunadamente mi vida, mi infancia pudo entrar a ese mundo mágico y no me pidas que te lo explique… no hay palabras.

-¿Hay una voluntad de poner en el tapete músicos que no se recuerdan?

-Sí, si no existen hoy en día, como Anibal Troilo, Francisco Canaro. Estamos en una época de la humanidad donde nada existe antes de que yo nací. Una triste realidad del mundo de hoy: la gente anula el pasado. Siempre hubo parricidio, es fundamental, es una etapa sicológica que uno debe cumplir. Pero este tipo de parricidio se está pasado de rosca, es salvaje. El tema tiene que ver con el capitalismo, con el consumismo, con la publicidad, y con eso de que se descubrió que los jóvenes son la franja que más consume y ahora se inventó que la juventud es algo especial en la vida y los jóvenes se lo creyeron. No es especial ser joven, todo es especial. Pero nos tragamos la pastilla de la aliada principal del capitalismo, que es la publicidad, y lo joven está privilegiado. El joven se creyó perversamente que lo que no es joven no sirve. En mi juventud no era así. Dialogábamos de igual a igual con el pasado, no había discriminación. No era que porque es viejo, es malo. Yo escuchaba lo del pasado a la par de lo Beatles y Hendrix, Dylan y Rolling Stones, pero escuchaba Beethoven y folklore porque la música es música. Ahora no. Pero es la humanidad entera. Ojalá cambie.

-¿Qué dicen ellos que vos con tus letras no digas?

-Esto, que yo nunca en mi vida logré, ni lo lograré, y admiro tanto: simple y hondo. Pero llano, con lenguaje llano, no poético. Un lenguaje que entiende hasta el más ignorante: simple y hondo. Está bien lo poético. Pero la canción popular tiene que ser directa, que la entienda todo el mundo, el que fue a Facultad de Humanidades y el que no terminó primero de escuela, si no, no es canción popular. Yo no entro mucho en esa… trato de entrar… pero envidio a estos tipos que tienen esa magia que le gusta a todo el mundo y lo que dicen es profundo.

-Hace un tiempo tocabas con Darnauchans o Mateo y ahora te invita No te va a gustar y Franny Glass, ¿cómo vivís el cambio generacional?

-Soy el hombre invitado. Lo vivo como un gran privilegio. No es normal. La razón no sé cual será, será que ven en mi un posible diálogo, o que no me ven viejo. Porque en realidad yo ya soy viejo para un joven. Tengo 54. Para alguien de 18 soy viejo... no hay códigos posibles. Sin embargo, yo me estoy beneficiando con este misterioso privilegio que mis colegas me dan. Verán en mi música un rastro de juventud o intemporal que a mi me hace feliz. No le pasa a todos los de mi edad esto.

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